«Así tumbamos el avión»

Confesión de uno de los guerrilleros que derribaron el avión norteamericano y vio cómo sus compañeros asesinaban a un colombiano y a un estadounidense.

Fidel Casallas Bastos Díaz -o Pedro, como lo llamaban en las Farc- cayó en poder del Ejército la noche del viernes 14 de febrero, un día después de que la columna del tercer frente de las Farc a la que pertenecía derribó una avioneta que realizaba tareas de inteligencia para el Gobierno de Estados Unidos. Casallas había recibido la misión de sembrar de explosivos la zona montañosa aledaña a la vereda Alejandría, distante 60 kilómetros de Florencia, la capital de Caquetá, para retrasar el avance de las patrullas del Ejército que buscaban a los guerrilleros que después de derribar la aeronave asesinaron a un asesor estadounidense y a un militar colombiano y secuestraron a tres extranjeros más.

Casallas cumplió buena parte de su misión, pero no tardó en caer en desgracia porque una mina quiebrapatas explotó entre sus manos. Sus compañeros lo recogieron, pero al anochecer, cuando intentaban sacarlo de la región de Santana de las Hermosas, fueron sorprendidos por el Ejército. El subversivo herido era llevado en una hamaca improvisada cuando uno de los centinelas de la base militar instalada en la región advirtió los movimientos del grupo. Su voz de alto fue respondida con fuego en medio de la oscuridad. Cuando cesó el choque armado el centinela encontró que el herido había sido abandonado por sus compañeros. Este hombre, de 25 años, fue testigo de excepción de la muerte del estadounidense Thoms J. Jaines, asesor de operaciones de inteligencia, y del sargento del Ejército Luis Alcides Cruz, asesinados con tiros de gracia no lejos de donde quedaron los restos humeantes de la aeronave.

«El día que la bajamos estaba pagando… estaba pagando porque iba bajitica y como ladeada. Ahí fue cuando nos dieron la orden de disparar, de hacerle una cortina de fuego para que no pudiera pasar.» Fidel Casallas Bastos Díaz, guerrillero detenido.

En el momento de su captura el guerrillero tenía esquirlas de explosivos en la cara, en las piernas y en los brazos. No podía caminar bien y fue necesario llevarlo a un centro de sanidad militar de la XII Brigada con sede en Florencia. Casallas ensayó primero varias versiones ante las autoridades. En sus interrogatorios iniciales en la Fiscalía se presentó como un campesino de la región que había resultado herido al pisar una mina quiebrapatas, pero no consiguió explicar por qué un artefacto de esa naturaleza no le había fracturado o cercenado alguna de las piernas. Sus lesiones parecían más bien propias de quien sufre las consecuencias de la explosión de una mina que él mismo estaba armando. Sus manos estaban laceradas y fue necesario amputarle un dedo. Posteriormente dijo que el avión que se estrelló en el cerro había estado bombardeando y que allí él y otros lugareños habían sido alcanzados por las esquirlas. Sin embargo, no había ninguna otra persona reportada en la región con lesiones por explosivos.

LA CONFESIÓN

Casallas se empecinó en negar cualquier vínculo con las Farc, hasta cuando fue enterado de que un uniforme de campaña, con su nombre de combate bordado en él, apareció al lado de algunas armas y explosivos descubiertos cerca al lugar de su aprehensión. El temor que reflejó frente a investigadores de la justicia penal contrastó entonces con la confianza con la que habló con los soldados y miembros de inteligencia de las Fuerzas Militares que lo entrevistaron mientras todavía se hallaba convaleciente.

Ante ellos terminó por admitir que hizo parte de la columna que rodeó el avión, que su misión consistía en sembrar minas para cubrir la retirada de los compañeros que estaban a cargo de los rehenes y que en esas estaba cuando explotó una mina que intentaba sembrar. Agregó que como su tarea implicaba rezagarse del grupo, pudo ver cuando un guerrillero, que él sólo identificó como Julián, recibió la orden de darle el llamado tiro de gracia al asesor estadounidense cuando su condición crítica ya prácticamente no le permitía moverse. «Era muy difícil responsabilizarse por un herido así teniendo al Ejército encima. De no haber sido por eso no creo que lo hubieran matado -relató el subversivo herido-. Después le escuché decir al reemplazante de mi escuadra que le habían dado al otro herido -el suboficial colombiano- porque no quería moverse y gritaba que prefería que lo mataran».

Según Casallas, la columna rebelde que atacó el avión HK 116 G mientras volaba a baja altura el cerro de Alejandría, había recibido una alerta previa de que posiblemente en el área estaría el avión fantasma, la famosa aeronave que acude en misiones de apoyo de las tropas de superficie cuando algún pueblo ha sido tomado. «Una vez emplazamos allí mismo unos cohetes y estuvimos esperando el avión. Como el bicho dizque no hace ruido había que estar mirando permanentemente a ver si se podía ver. Pero nada. A la avionetica en cambio la veíamos seguido y por radio se había recibido la consigna de que había que estar pilas porque ahí iba gente gringa, de los que mandan en la fumigación de coca. El día que la bajamos estaba pagando… estaba pagando porque iba bajitica y como ladeada. Ahí fue cuando nos dieron la orden de disparar, de hacerle una cortina de fuego para que no pudiera pasar… Echó humo y se vino abajo, pero el motorcito de algo le sirvió al piloto, que se dio mañas de aterrizarla donde el golpe no fuera tan duro».

TESTIGOS DE EXCEPCIÓN

El testimonio de Pedro promete llenar las lagunas que dejaron las declaraciones de campesinos de la región, que dicen haber visto cuando Jaines y Cruz salieron vivos del avión. Según ellos, John Jaines estaba incluso consciente cuando sus compañeros de viaje lo sacaron de entre los restos del avión que acababa de caer, partido en dos, sobre la colina. En ese momento ya habían cesado las ráfagas de fusil y ametralladora que retumbaron en el cañón del río Orteguaza y que acompañaron la aparatosa maniobra de aterrizaje de emergencia del monomotor. De repente aparecieron varios guerrilleros, que bajo la presión de las armas obligaron a dos de los sobrevivientes a suspenderle la ayuda a Jaines, que luchaba por mantenerse en pie. El estadounidense -les dijeron los campesinos a los investigadores- logró dar por si sólo algunos pasos, pero tuvo que apoyarse en un árbol para no irse de bruces. Tres guerrilleros lo recogieron y lo llevaron prácticamente a rastras hacia la rivera del río.

«Se pudo establecer que la aeronave fue blanco de 35 proyectiles, disparados en arma (s) de fuego tipo fusil o ametralladora, entre las cuales se encuentra el calibre 5.56 mm (…).» Dictamen de balística de la Fiscalía.

El suboficial del Ejército colombiano Luis Alcides Cruz no se encontraba en peor condición. Según el testimonio de una campesina, el militar estaba ensangrentado cuando salió del avión, pero podía valerse por sí solo. Incluso corrió con el resto del grupo cuando los hombres de las Farc les dijeron que había que moverse rápido de allí porque iban a quemar lo que había quedado de la aeronave.

Poco después de las 8:00 a. m. de ese jueves, la testigo y otros habitantes de las veredas Alejandría y Año Nuevo se acercaron hasta el lugar atraídos por el fuego y por el estruendo del accidente y vieron por primera y última vez con vida a Jaines y también a Cruz. Dos horas después de la caída de la avioneta, tropas de la compañía Corea del XII batallón de contraguerrilla, Diosa del Chairá, encontraron sus cadáveres.

Jaines tenía un tiro de pistola 9 milímetros en la cabeza. Su cuerpo apareció en la mitad de la falda del cerro, a un kilómetro y medio del descampado donde estaban los restos aún humeantes de la avioneta. El cadáver de Cruz fue hallado 700 metros más abajo. Tenía una herida de similares características. «Dos están muertos con tiros de gracia», confirmarían las propias Farc en una de sus conversaciones radiotelefónicas rastreadas por las autoridades el mismo día de los hechos y publicadas por CAMBIO en su edición de la semana pasada. Así lo reconfirmaría el guerrillero Casallas, el principal testigo de excepción.

SUSTO POR LOS HELICÓPTEROS

Hasta hoy la única persona que ha visto a los tres estadounidenses secuestrados es José de Jesús Corrales. Él cuenta que oyó desde su casa los disparos y la explosión y supo por los trabajadores de una finca cercana a la suya que un avión había caído cerca de una cañada del Orteguaza. Luego confirmaría de lo que se trataba. Unos 40 guerrilleros, según sus cálculos, llegaron poco antes del mediodía a su casa para pedir agua y algo de comer. Llevaban consigo a tres rehenes y no ya a los cinco de los que hablaban las primeras noticias en la comarca. «Los guerrilleros llevaban a tres señores monos… Cuando me pidieron agua para beber yo no les podía decir que no porque estaban armados. Tampoco podía preguntar nada», declaró Corrales a los miembros de una comisión investigadora que lo interrogó al día siguiente.

Corrales vivió un momento crítico cuando guerrilleros y secuestrados se encontraban en el solar de su casa. Helicópteros militares hicieron sobrevuelos a muy baja altura. Quien parecía ser el jefe de la escuadra guerrillera metió a los rehenes a la casa y los demás se protegieron en la parte de atrás. «Cerré los ojos para esperar algún bombardeo o una pelea a tiros en la que íbamos a morirnos todos, pero los helicópteros se alejaron muy rápido», añadió.

» Los guerrilleros llevaban a tres señores monos… Cuando me pidieron agua para beber yo no les podía decir que no porque estaban armados.» José de Jesús Corrales, testigo.

Algunos de los testigos mejor calificados acompañaron hasta el cerro a la comisión investigadora que aprovechó para hacer una primera reconstrucción de los hechos y para evaluar las condiciones en las que cayó la avioneta que se encontraba abonando el terreno para una misión de inteligencia que tenía como blanco las mismas Farc. Si las conversaciones monitoreadas por las agencias de seguridad y los relatos de habitantes de Alejandría y Año Nuevo sobre el ataque armado contra la avioneta de la misión colombo-estadounidense dejaba alguna duda sobre la intención expresa de la guerrilla de derribar la nave, el informe de los peritos se encargaría de despejarlas por completo. Un aparte sustancial de su informe dice lo siguiente: «De acuerdo con los resultados del presente estudio balístico, teniendo en cuenta las características generales de los orificios hallados en la aeronave inspeccionada, se pudo establecer que la misma fue blanco de 35 proyectiles, disparados en arma (s) de fuego tipo fusil o ametralladora, entre las cuales se encuentra el calibre 5.56 mm (…)».

Estas son, por ahora, las piezas con las que cuentan las autoridades para confirmar, sin dejar espacio para las dudas, que la acción de las Farc fue a mansalva y sobre seguro. Una acción que ha puesto a Washington a pensar en la posibilidad de ampliar su presencia militar en Colombia. El guerrillero preso quedará confinado en el pabellón de máxima seguridad de la Penitenciaría Nacional de la Picota en Bogotá y afrontará varios procesos que seguramente agravarán su situación jurídica debido a que participó en una acción insurgente que afectó intereses de Estados Unidos.

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